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detective-heredia“Detective Heredia” en el comic, es un tipo amorfo, indefinido, pálido, apolítico. No tiene hondura emocional. Más que un detective del comic negro, parece un funcionario público, que cuelga su chaqueta en su oficina fiscal, y que va a dar una vuelta por el centro de Santiago. Un funcionario bienpensante, como un antiguo radical, masón y bombero. Los guionistas suponen que el feeling literario de Heredia se logra haciendo citas literarias. Error tan básico como darle contenido musical a un texto, citando letras de canciones.

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Por: Jorge del Carmen Ripper
Diciembre de 2011

La contrariedad de la novela gráfica “Detective Heredia”, editada recién por Lom, no es la gráfica, sino la débil construcción del personaje, un protagonista que no asombra.

Heredia bebe en forma reiterada, pero no sufre lo que todos los beodos. Heredia es soltero y se presume mujeriego, pero no hay sexo y tampoco se notan los inevitables arañazos, celos y la presión afectiva que significa a veces acostarse con una mujer. ¡Ni La Mujer Trampa, La Femme Fatal o Mantis Religiosa! No hay tampoco ese espíritu de tristeza general y maligno, agrio pero anhelante, que resta de los amores circunstanciales.

“Detective Heredia”, que se supone contiene trasfondo político mala leche, crítico de izquierda al sistema gris, no lleva en esta versión de comic negro, ninguna ojera política. No hay conspiraciones ocultas de las redes del poder político y económico. Parece que el guión fue escrito en el planeta de La Omisión, el mundo de la carajada apolítica.

Así, “Detective Heredia” en el comic, es un tipo amorfo, indefinido, pálido, apolítico. No tiene hondura emocional. Más que un detective del comic negro, parece un funcionario público, que cuelga su chaqueta en su oficina fiscal, y que va a dar una vuelta por el centro de Santiago. Un funcionario bienpensante, como un antiguo radical, masón y bombero. Los guionistas suponen que el feeling literario de Heredia se logra haciendo citas literarias. Error tan básico como darle contenido musical a un texto, citando letras de canciones.

Heredia es informe y se queda allí. Se queda y no crece en ninguna historia.

Es un prototipo cliché de un standard, ni muy muy, ni tan tan.

Un detective más parecido a un viejo masón contenido, o un beato eunocoide, que nunca estalla, nunca pega un tortazo y nunca le da rico a su novia por el culo.

Los dibujantes se acercan a los escritores, ocurre en toda la industria del comic mundial, y no es mérito de nadie. Pero en este “Detective Heredia” las deficiencias en la construcción del personaje son varias, y lo convierten en un fastidioso. Ni rudo (Dick Tracy), ni turbio (Torpedo).

Tampoco los asesinos son interesantes, pues casi no existen, son sombras.

Querrán quizás los autores que los perdonen por consideraciones nacionalistas, “apoyemos el comic chileno”. Pero los tiempos no están para pendejadas, el mundo es global y es la puta madre de insidioso y malévolo. Los libros apenas logran respirar en una época seudo democrática en que se ha impuesto silenciosamente la autocensura. Nunca se publicó tanto y nunca proliferó tanto la mediocridad, y la falta de ardor intelectual. Esa es la verdad y nosotros estamos en una guerra anarquista total, para levantar ampollas.

Si no, ¿para qué escribir reseñas?
¿Para qué?

El libro contiene entradas de continuidad, unos paseos del autor con su personaje Heredia, muy parecidos a un par de señoras de compras por la ciudad. Puede ser rescatable que el escritor Ramón Díaz Eterovic aparezca en el comic conversando con su alter ego, Heredia. Al estilo de “Borges y yo”. O “Paul Auster encuentra a Paul Auster” de Mazzucchelli y Karasik. Pero, en “Detective Heredia” el asunto le debe dar más gusto al ego del autor, que gusto al lector. Los diálogos son educados, egotistas y siúticos, o sea, muertos. Como esto:

“- A veces me parece que lo único que amas de verdad es a ese gato, el tango, tus libros, Mahler y el desorden de tu oficina.
-Como dijo Cocteau: prefiero los gatos a los perros”


En fin, el producto es un gran ballenazo atrapado en la playa.

Veamos las series auto conclusivas. En “Vi Morir a Hank Quinlan”, (dibujo de Abel Elizondo, guión de Carlos Reyes), Heredia investiga el asesinato de tres mujeres en cines de la capital. El asesino, se dice, es un sicópata que nunca vemos en acción. Ni sangre, ni gore.

Para entender a cabalidad la madera liviana de este producto hay que leer la historia que sigue, “Muchos gatos para un solo crimen”, (dibujo de Demetrio Babul y guión de Cristian Petit Laurent). Heredia investiga la muerte de 8 gatos en una clínica veterinaria. Increíble de pánfilo.

“Por amor a la Señorita Blandísh”, (dibujo de Rodrigo Elgueta y guión de Carlos Reyes), Heredia se deja seducir por una mina a la que debe investigar para su cliente.

“Ojos Azules” (dibujo de Italo Ahumada y guión de Carlos Reyes), investiga la muerte de una carabetera. Quizás en el único lugar donde se acerca a algo parecido a un comic negro y a los callejones de almas perdidas.

Y al final, Felix Vega y Carlos Reyes, colocan de protagonistas a Heredia y su gato Simenon. Más pánfilo.

Me lo dijo mi profesor y amigo aquí en Buenos Aires: Es preciso que las revelaciones culturales sean extraordinarias, perturbadoras, novelescas. Solo así se vuelven creíbles y suscitan indignación. La característica principal de la gente es que está dispuesta a creérselo todo.

Pero aquí no hay atisbos de poder creer en nada. Nada de excepción.

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