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sábado, enero 24, 2026

Ajo, contracultura y creatividad de la revista Ajoblanco y la filosofí­a ciudadana de Marina Garcés

CulturaAjo, contracultura y creatividad de la revista Ajoblanco y la filosofí­a ciudadana de Marina Garcés

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Exposición de la revista contracultural española Ajoblanco revive la contracultura.
Eran los años 70, y la España franquista vivió una experiencia asombrosa: la estampida del movimiento estudiantil contra la dictadura, la lucha obrera, las comunas, el hippismo y el arte conceptual, el surgimiento de teatros, editoriales y librerí­as independientes, el despertar de una contracultura en Barcelona y Madrid. El movimiento libertario vivió su apogeo entre 1976 y 1978, y sus efectos se desperdigaron por toda España, hasta dar forma a eso que en los 80 conocimos como La Movida. José Ribas fundó en 1974 Ajoblanco, una revista que llegó a vender 100 mil ejemplares y se fue una abanderada de valores como la ecologí­a, el humanismo, la sexualidad libre y el pensamiento libertario.
Ahora, el Centro Cultural Conde Duque exponen desde el pasado dí­a 28 de mayo y hasta el 21 de septiembre, una muestra dedicada a la revista más libertaria y contracultural que habido en España. Aquí­ una reflexión de filosofa catalana Marina Garcés.
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¿Nos arrancaremos la sonrisa en el salón de plenos?

Hace pocos dí­as estuve en Madrid, participando en las jornadas que acompañan la exposición y celebración del 40 aniversario de la fundación de la revista Ajoblanco. Visitar la exposición, sobre todo la sala dedicada a la primera etapa, arranca una sonrisa: una sonrisa ante la osadí­a polí­tica, estética, cultural, corporal, afectiva y económica de una época y de una gente que en el umbral de la transición se atrevieron a quererlo todo de nuevo. Quisieron cambiar la vida de arriba abajo, se auto-organizaron en las fábricas, en las escuelas, en los barrios y en las prisiones, rompieron con familias represoras y con morales culpabilizadoras, intentaron reflotar la CNT, crearon la música que sus cuerpos querí­an bailar, los afectos que sus cuerpos querí­an respirar y reencontraron las lenguas que sus versos y canciones querí­an volver a entonar.
Ante una expresión tan amplia y tan transversal de creatividad y de autonomí­a, que cruzó el paí­s de punta a punta, la sonrisa puede ser cómplice, nostálgica o condescendiente. Cómplice, desde la continuidad discontinua de experiencias que antes o después han retomado el mismo gesto radical de transformación de la vida. Nostálgica, desde la experiencia de la derrota que históricamente ha acompañado a éste y a otros momentos de apertura y de amplio desafí­o. Y condescendiente, desde aquellas posiciones que siempre vienen a cerrar estos perí­odos y a declararlos como muy bonitos, pero lastrados de inoperancia y ingenuidad, incapaces de asumir los verdaderos retos de la vida polí­tica y de involucrarse en la gestión y transformación de la vida colectiva de manera realista. Pero, tal como planteó Pablo Carmona en el debate que mantuvimos en CC Conde Duque el 12 de junio por la tarde, ¿estos momentos de transformación radical fueron derrotados por ingenuos o son declarados ingenuos porque fueron derrotados?
Es una pregunta histórica pero también actual, porque volvemos a encontrarnos en un punto de inflexión en el que esta partición entre el momento ingenuo de la politización de la vida y el momento realista de la polí­tica institucional se insinúa de nuevo. No sólo se insinúa, sino que es uno de los principales peligros que tenemos enfrente, cuando hay quien empieza a ver las experiencias y las luchas nacidas en torno al 15M como la ingenuidad que ahora hay que superar para poder dar un salto adelante y hacer efectivo el tránsito «de la calle a las urnas». El problema de estos planteamientos no es que propongan la necesidad de desarrollar otras esferas y otras praxis polí­ticas, que seguramente son necesarias en este momento, sino que puedan caer en la polarización entre un antes y un después, entre la fase inmadura y su evolución, entre el amateurismo y la profesionalización, entre el sueño y la realidad, entre el deseo y las posibilidades, entre la experimentación y las soluciones, entre la inoperancia y la efectividad, entre los desafí­os y los resultados. Una vez se abre esta disyunción que separa y opone la ingenuidad y la madurez polí­ticas, son los dos bandos, son ambas posiciones las que habrán perdido. Los «soñadores» fácilmente caerán en el lamento, en la nostalgia y el romanticismo respecto a los momentos de intensidad y de autenticidad, y en el reproche de traición hacia los demás. Los otros, los «realistas», quedarán atrapados en los estrechos márgenes de su racionalidad polí­tica instrumental y, en algunos casos, en los peligrosos efectos de la mala conciencia.
Conocemos la doble derrota que conlleva esta historia, porque es la de la Transición española y porque es también la que ha atravesado, rompiéndolos y neutralizándolos, otros momentos históricos como la Comuna de Paris, como 1937 en Barcelona, o como el periodo 1968-1977 en varios paí­ses. La pregunta que añadí­ a la de Pablo Carmona fue, por tanto: ¿cómo hacer, actualmente, para no vivir la misma historia, para no caer en las mismas trampas y para no repetir una derrota conocida? No sabemos aún cuáles serán las derrotas y las victorias de los tiempos presentes, pero deberí­amos aspirar, al menos, a no repetir las derrotas que ya conocemos.
La derrota no es que determinados sueños no se lleguen a realizar, sino que queden disociados y opuestos al dominio de lo que es posible y realizable desde las maquinarias polí­ticas existentes. En nuestro caso, el sistema de partidos y sus instituciones. Lo posible, despojado de deseo, es una prisión y su gestión, tecnocracia policial que se ocupa de determinar lo que es pensable y lo que no, lo que es realizable y lo que es pura inoperancia. Esta demarcación es ya, por sí­ misma, la victoria del poder, sea del color que sea: la eficacia queda reducida a la ejecución de procedimientos, el lenguaje, al dominio de un código dentro de unos marcos de comprensión preestablecidos y la racionalidad operativa, aquella que se atreve a pensar lo que quiere hacer y hacer lo que quiere pensar, queda transformada en mera racionalidad instrumental que calcula costes y beneficios, fines y medios. Desear no es hacer castillos en el aire, como recoge nuestro lenguaje popular. O quizás sí­ que de alguna manera tiene que ver con esto. El deseo es polí­tico cuando abre la posibilidad de relacionarse colectivamente con dos cosas: en primer lugar, con el valor de lo que se quiere por sí­ mismo. Por ejemplo: la dignidad, que no se calcula ni se negocia, sino que es el punto de partida de toda polí­tica posible. Y en segundo lugar, el deseo es lo que nos permite relacionarnos con lo que no tiene forma, porque nunca es todaví­a del todo, porque existe sin haberse aún realizado, porque insiste sin haberse enmarcado o codificado, porque exige, finalmente, inventar respuestas que no tenemos en situaciones que no las esperan. ¿En qué medida puede hacer esto un partido polí­tico? O ¿en qué se tiene que convertir un partido polí­tico para mantener viva esta tensión indomable entre lo que tiene forma y lo que no la tiene?
La sonrisa es polí­tica cuando es la expresión de estas dos dimensiones del deseo: la alegrí­a ante el valor de nuestras vidas cuando luchan, crean y cooperan juntas y, también, la expresión inquietante de lo que queda inacabado, indefinible, invisible a los ojos del poder y de sus categorí­as. Esta sonrisa alegre y desafiante es lo que les hace temblar. ¿Nos arrancaremos la sonrisa cuando lleguemos al salón de plenos? Tuviera el número de escaños que tuviera cualquiera de los partidos que consideráramos de alguna manera «nuestros», ésta serí­a nuestra derrota.
Hace 20 años, cuando unos cuantos ingenuos armados se alzaron con fusiles, palabras y pasamontañas en la selva lacandona de México, empezamos a aprender y a comprender una idea tan risible, para muchos, como la de «tomar el mundo sin tomar el poder». Desde las prisiones de lo posible, desde la tiraní­a policial del poder, esta idea es ridí­cula, marginal y romántica. A nosotros, entonces, jóvenes envejecidos por el pensamiento único y el cinismo global, nos despertó la sonrisa. A mí­ me parece, ahora que uno de sus rostros enmascarados ha decidido despedir a su personaje para transmutarse en otro, que esta idea no era un ideal para románticos sino un aviso y una exigencia para nuestros deseos de transformación efectiva de la sociedad. Tomar el mundo sin tomar el poder. O podrí­amos decir: tomar el mundo, ya sea en la selva o en el salón de plenos, sin aprender los códigos del poder, sin llegar a ser presos (y prisioneros) del poder. ¿Qué otra polí­tica más efectiva y operativa podrí­amos imaginar?
Fuente: Nativa.cat

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