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sábado, enero 24, 2026

Amnistí­a Internacional, su visita a Lampedusa y los relatos del horror de las personas que intentan llegar a Europa

CiudadaníaAmnistí­a Internacional, su visita a Lampedusa y los relatos del horror de las personas que intentan llegar a Europa

naufragos-lampedusa-alessandrodimeoRecientemente ha regresado la delegación de Amnistí­a Internacional que se desplazó a la isla italiana de Lampedusa y a Sicilia, donde recogió testimonios de personas migrantes, refugiadas y solicitantes de asilo rescatadas en alta mar en el Mediterráneo central.


Por Conor Fortune, Amnistí­a Internacional Fotos de Alessandro Di Meo

Se teme que el número de personas que han perdido la vida en el mar durante los últimos 15 dí­as ascienda a varios cientos, mientras que las personas rescatadas son ya más de 10.000. Muchas de estas personas sobrevivientes tienen terribles historias que contar, como la que les transmitimos aquí­, de un muchacho somalí­ que perdió a su amigo durante un atroz viaje de más de tres meses de duración. Amnistí­a Internacional habló con él en un centro de acogida de Lampedusa el 17 de abril, cuando aún no se habí­a cumplido una semana de su rescate. A petición suya, le hemos asignado un nombre ficticio.
«Me llamo Alí­, y soy de Somalia. Tengo 15 años.

Cuando tení­a nueve, me separaron de mi familia y me llevaron a la capital, Mogadiscio, donde viví­ con otros amigos en el barrio de Yaaqshiid. Ahí­ aprendí­ inglés y trabajé como limpiabotas para los soldados.

Hace poco más de tres meses, salí­ de Somalia. Allí­ hay muchos problemas: enfrentamientos armados, sequí­a, hambre. Buscaba una vida mejor. Me gustarí­a ir a Noruega.

Viajaba con un amigo. Su padre nos habí­a pagado a los dos el viaje por el desierto, de Somalia a Libia. Fue un viaje largo y duro, en el que atravesamos varios paí­ses montados en una camioneta: Etiopí­a, Sudán, Libia. Mi amigo no aguantó. Como los traficantes de personas conducí­an a toda velocidad por el Sáhara, se cayó del camión por la parte de atrás.

Los traficantes pararon para ver si estaba bien, pero no lo estaba. Lo enterramos en el desierto. Tení­a 19 años. Luego, cuando llamé a su padre para transmitirle la noticia fue una conversación muy difí­cil.

 


Un migrante mira una lista colocada en una de las paredes del centro Mineo en Sicilia, 21 de abril de 2015. © Marco Costantino

 

Mi amigo no aguantó. Lo enterramos en el desierto. Tení­a 19 años. Luego, cuando llamé a su padre para transmitirle la noticia, fue una conversación muy difí­cil.

Unos tres meses después de salir de Somalia, llegamos a Trí­poli. Estuvimos allí­ cerca de una semana, en una casa grande, con muchas personas más. Los traficantes distribuyeron a los somalí­es y a los eritreos en distintas casas. Nuestros captores eran personas muy malas, que  pegaban a mis amigos y tení­an armas, armas grandes y pistolas.

El hombre del barco me pidió más dinero para viajar a Europa, en concreto 1.900 dólares estadounidenses. Pero yo no tení­a dinero ni familiares que pudieran pagar por mí­. Así­ que otras personas de la casa me ayudaron a reunir la suma necesaria.

Él nos mintió: nos dijo que era un barco de fibra de vidrio, pero al final era una barca inflable de plástico.

Antes de salir, ya hubo un accidente, cuando estábamos retenidos en Trí­poli. Algunos de los viajeros estaban cocinando con gas, y junto a ellos habí­a otras personas fumando. Una bombona de gas se incendió y explotó, a consecuencia de lo cual murieron 10 personas. Las enterramos en Trí­poli.

Otras 22 personas, todas ellas de Eritrea, resultaron gravemente heridas, con quemaduras por todo el cuerpo. Aun así­, los traficantes las obligaron a subir a la barca.

Embarcamos a última hora del 16 de abril, y salimos de Trí­poli alrededor de la medianoche. Éramos más de 70 personas, incluidas las heridas de gravedad. Habí­a unos 45 somalí­es, 24 eritreos, 2 bangladeshí­es y 2 ghaneses.

Sobre las nueve o las nueve y media de la mañana, la barca empezó a perder aire. Inmediatamente, la gente se desplazó a la proa de la barca, para intentar inyectar presión en el escape. Utilizamos un teléfono ví­a satélite para pedir ayuda. El barco de rescate tardó seis horas en llegar.

La guardia costera italiana rescata a una barca con inmigrantes, 23 de abril de 2015. © Alessandro Di Meo

 

Esas seis horas fueron los peores momentos de mi vida. Pensé que iba a morir. La gente rezaba en voz alta, y pedí­a perdón a Dios.

Alrededor de las tres de la tarde, llegó el barco de rescate: una embarcación gris de la Guardia de Finanzas italiana.

Sentí­ que habí­a vuelto a nacer.

Todos mis amigos de la barca están bien, pero los heridos sufrieron mucho durante el viaje. Una mujer eritrea murió a causa de las quemaduras. Otra mujer llevaba consigo a su hijo, de dos años, del que tuvieron que hacerse cargo otras personas del barco, porque ella estaba herida de gravedad. Así­ que, cuando llegamos a Lampedusa, los separaron*.

Ahora tenemos cobijo y comida, y damos gracias a Dios por habernos salvado. También damos las gracias a Italia.

Están muriendo muchas personas. Pero la gente de Somalia seguirá viajando. En mi paí­s no hay paz ni trabajo.

Aquí­, en Lampedusa, vi un cartel que me gustó. Decí­a que los gobiernos deben proteger a las personas, y no las fronteras. Me gustarí­a decirles a los gobiernos lo que tienen que hacer».

* El personal del centro de acogida de Lampedusa y la dirección del hospital local han podido confirmar a Amnistí­a Internacional que la mujer eritrea herida se reunió con su hijo más tarde, en Sicilia.

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