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sábado, enero 24, 2026

«Sensini», uno de los mejores cuentos del escritor chileno Roberto Bolaño

Cultura"Sensini", uno de los mejores cuentos del escritor chileno Roberto Bolaño

Sensini Roberto Bolaño pertenece al libro Llamadas telefónicas, publicado en Barcelona en el año 1997 por la Editorial Anagrama, el primero de los cuatro libros de cuentos de Roberto Bolaño. Sensini obtuvo el Premio Narración Ciudad de San Sebastián, en 1997. Considerado por muchos como uno de los mejores cuentos del chileno.

***

SENSINI

ROBERTO BOLAí‘O

La forma en que se desarrolló mi amistad con Sensini sin duda se sale de lo corriente. En aquella época yo tení­a veintitantos años y era más pobre que una rata. Viví­a en las afueras de Girona, en una casa en ruinas que me habí­an dejado mi hermana y mi cuñado tras marcharse a México y acababa de perder un trabajo de vigilante nocturno en un cámping de Barcelona, el cual habí­a acentuado mi disposición a no dormir durante las noches. Casi no tení­a amigos y lo único que hací­a era escribir y dar largos paseos que comenzaban a las siete de la tarde, tras despertar, momento en el cual mi cuerpo experimentaba algo semejante al jet-lag, una sensación de estar y no estar, de distancia con respecto a lo que me rodeaba, de indefinida fragilidad. Viví­a con lo que habí­a ahorrado durante el verano y aunque apenas gastaba mis ahorros iban menguando al paso del otoño. Tal vez eso fue lo que me impulsó a participar en el Concurso Nacional de Literatura de Alcoy, abierto a escritores de lengua castellana, cualquiera que fuera su nacionalidad y lugar de residencia. El premio estaba divido en tres modalidades: poesí­a, cuento y ensayo. Primero pensé en presentarme en poesí­a, pero enviar a luchar con los leones (o con las hienas) aquello que era lo que mejor hací­a me pareció indecoroso. Después pensé en presentarme en ensayo, pero cuando me enviaron las bases descubrí­ que éste debí­a versar sobre Alcoy, sus alrededores, su historia, sus hombres ilustres, su proyección en el futuro y eso me excedí­a. Decidí­, pues, presentarme en cuento y envié por triplicado el mejor que tení­a (no tení­a muchos) y me senté a esperar.
Cuando el premio se falló trabajaba de vendedor ambulante en una feria de artesaní­a en donde absolutamente nadie vendí­a artesaní­as. Obtuve el tercer accésit y diez mil pesetas que el Ayuntamiento de Alcoy me pagó religiosamente. Poco después me llegó el libro, en el que no escaseaban las erratas, con el ganador y los seis finalistas. Por supuesto, mi cuento era mejor que el que se habí­a llevado el premio gordo, lo que me llevó a maldecir al jurado y a decirme que, en fin, eso siempre pasa. Pero lo que realmente me sorprendió fue encontrar en el mismo libro a Luis Antonio Sensini, el escritor argentino, segundo accésit, con un cuento en donde el narrador se iba al campo y allí­ se le morí­a su hijo o con un cuento en donde el narrador se iba al campo porque en la ciudad se le habí­a muerto su hijo, no quedaba nada claro, lo cierto es que en el campo, un campo plano y más bien yermo, el hijo del narrador se seguí­a muriendo, en fin, el cuento era claustrofóbico, muy al estilo de Sensini, de los grandes espacios geográficos de Sensini que de pronto se achicaban hasta tener el tamaño de un ataúd, y superior al ganador y al primer accésit y también superior al tercer accésit y al cuarto, quinto y sexto.
No sé qué fue lo que me impulsó a pedirle al Ayuntamiento de Alcoy la dirección de Sensini. Yo habí­a leí­do una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba Ugarte y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Rí­o de la Plata a finales del siglo XVIII. Algunos crí­ticos, sobre todo españoles, la habí­an despachado diciendo que se trataba de una especie de Kafka colonial, pero poco a poco la novela fue haciendo sus propios lectores y para cuando me encontré a Sensini en el libro de cuentos de Alcoy, Ugarte tení­a repartidos en varios rincones de América y España unos pocos y fervorosos lectores, casi todos amigos o enemigos gratuitos entre sí­. Sensini, por descontado, tení­a otros libros, publicados en Argentina o en editoriales españolas desaparecidas, y pertenecí­a a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sabato, Mujica Lainez, y cuyo exponente más conocido (al menos por entonces, al menos para mí­) era Haroldo Conti, desaparecido en uno de los campos especiales de la dictadura de Videla y sus secuaces. De esta generación (aunque tal vez la palabra generación sea excesiva) quedaba poco, pero no por falta de brillantez o talento; seguidores de Roberto Arlt, periodistas y profesores y traductores, de alguna manera anunciaron lo que vendrí­a a continuación, y lo anunciaron a su manera triste y escéptica que al final se los fue tragando a todos.
A mí­ me gustaban. En una época lejana de mi vida habí­a leí­do las obras de teatro de Abelardo Castillo, los cuentos de Rodolfo Walsh (como Conti asesinado por la dictadura), los cuentos de Daniel Moyano, lecturas parciales y fragmentadas que ofrecí­an las revistas argentinas o mexicanas o cubanas, libros encontrados en las librerí­as de viejo del D.F., antologí­as piratas de la literatura bonaerense, probablemente la mejor en lengua española de este siglo, literatura de la que ellos formaban parte y que no era ciertamente la de Borges o Cortázar y a la que no tardarí­an en dejar atrás Manuel Puig y Osvaldo Soriano, pero que ofrecí­a al lector textos compactos, inteligentes, que propiciaban la complicidad y la alegrí­a. Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagador de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a intentar establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuánto lo querí­a.
Así­ pues, el Ayuntamiento de Alcoy no tardó en enviarme su dirección, viví­a en Madrid, y una noche, después de cenar o comer o merendar, le escribí­ una larga carta en donde hablaba de ligarte, de los otros cuentos suyos que habí­a leí­do en revistas, de mí­, de mi casa en las afueras de Girona, del concurso literario (me reí­a del ganador), de la situación polí­tica chilena y argentina (todaví­a estaban bien establecidas ambas dictaduras), de los cuentos de Walsh (que era el otro a quien más querí­a junto con Sensini), de la vida en España y de la vida en general. Contra lo que esperaba, recibí­ una carta suya apenas una semana después. Comenzaba dándome las gracias por la mí­a, decí­a que en efecto el Ayuntamiento de Alcoy también le habí­a enviado a él el libro con los cuentos galardonados pero que, al contrario que yo, él no habí­a encontrado tiempo (aunque después, cuando volví­a de forma sesgada sobre el mismo tema, decí­a que no habí­a encontrado ánimo suficiente) para repasar el relato ganador y los accésits, aunque en estos dí­as se habí­a leí­do el mí­o y lo habí­a encontrado de calidad, «un cuento de primer orden», decí­a, conservo la carta, y al mismo tiempo me instaba a perseverar, pero no, como al principio entendí­, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también harí­a. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se «avizoraban en el horizonte», encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. En contrapartida me adjuntaba las señas de dos concursos de relatos, uno en Plasencia y el otro en Écija, de 25.000 y 30.000 pesetas respectivamente, cuyas bases según pude comprobar más tarde extraí­a de periódicos y revistas madrileñas cuya sola existencia era un crimen o un milagro, depende. Ambos concursos aún estaban a mi alcance y Sensini terminaba su carta de manera más bien entusiasta, como si ambos estuviéramos en la lí­nea de salida de una carrera interminable, amén de dura y sin sentido. «Valor y a trabajar», decí­a.
Recuerdo que pensé: qué extraña carta, recuerdo que releí­ algunas capí­tulos de Ugarte, por esos dí­as aparecieron en la plaza de los cines de Girona los vendedores ambulantes de libros, gente que montaba sus tenderetes alrededor de la plaza y que ofrecí­a mayormente stocks invendibles, los saldos de las editoriales que no hací­a mucho habí­an quebrado, libros de la Segunda Guerra Mundial, novelas de amor y de vaqueros, colecciones de postales. En uno de los tenderetes encontré un libro de cuentos de Sensini y lo compré. Estaba como nuevo —de hecho era un libro nuevo, de aquellos que las editoriales venden rebajados a los únicos que mueven este material, los ambulantes, cuando ya ninguna librerí­a, ningún distribuidor quiere meter las manos en ese fuego— y aquella semana fue una semana Sensini en todos los sentidos. A veces releí­a por centésima vez su carta, otras veces hojeaba Ugarte, y cuando querí­a acción, novedad, leí­a sus cuentos. Éstos, aunque trataban sobre una gama variada de temas y situaciones, generalmente se desarrollaban en el campo, en la pampa, y eran lo que al menos antiguamente se llamaban historias de hombres a caballo. Es decir historias de gente armada, desafortunada, solitaria o con un peculiar sentido de la sociabilidad. Todo lo que en Ugarte era frialdad, un pulso preciso de neurocirujano, en el libro de cuentos era calidez, paisajes que se alejaban del lector muy lentamente (y que a veces se alejaban con el lector), personajes valientes y a la deriva.
En el concurso de Plasencia no alcancé a participar, pero en el de Écija sí­. Apenas hube puesto los ejemplares de mi cuento (seudónimo: Aloysius Acker) en el correo, comprendí­ que si me quedaba esperando el resultado las cosas no podí­an sino empeorar. Así­ que decidí­ buscar otros concursos y de paso cumplir con el pedido de Sensini. Los dí­as siguientes, cuando bajaba a Girona, los dediqué a trajinar periódicos atrasados en busca de información: en algunos ocupaban una columna junto a ecos de sociedad, en otros aparecí­an entre sucesos y deportes, el más serio de todos los situaba a mitad de camino del informe del tiempo y las notas necrológicas, ninguno, claro, en las páginas culturales. Descubrí­, asimismo, una revista de la Generalitat que entre becas, intercambios, avisos de trabajo, cursos de posgrado, insertaba anuncios de concursos literarios, la mayorí­a de ámbito catalán y en lengua catalana, pero no todos. Pronto tuve tres concursos en ciernes en los que Sensini y yo podí­amos participar y le escribí­ una carta.
Como siempre, la respuesta me llegó a vuelta de correo. La carta de Sensini era breve. Contestaba algunas de mis preguntas, la mayorí­a de ellas relativas a su libro de cuentos recién comprado, y adjuntaba a su vez las fotocopias de las bases de otros tres concursos de cuento, uno de ellos auspiciado por los Ferrocarriles del Estado, premio gordo y diez finalistas a 50.000 pesetas por barba, decí­a textualmente, el que no se presenta no gana, que por la intención no quede. Le contesté diciéndole que no tení­a tantos cuentos como para cubrir los seis concursos en marcha, pero sobre todo intenté tocar otros temas, la carta se me fue de la mano, le hablé de viajes, amores perdidos, Walsh, Conti, Francisco Urondo, le pregunté por Gelman al que sin duda conocí­a, terminé contándole mi historia por capí­tulos, siempre que hablo con argentinos termino enzarzándome con el tango y el laberinto, les sucede a muchos chilenos.
La respuesta de Sensini fue puntual y extensa, al menos en lo tocante a la producción y los concursos. En un folio escrito a un solo espacio y por ambas caras exponí­a una suerte de estrategia general con respecto a los premios literarios de provincias. Le hablo por experiencia, decí­a. La carta comenzaba por santificarlos (nunca supe si en serio o en broma), fuente de ingresos que ayudaban al diario sustento. Al referirse a las entidades patrocinadoras, ayuntamientos y cajas de ahorro, decí­a «esa buena gente que cree en la literatura», o «esos lectores puros y un poco forzados». No se hací­a en cambio ninguna ilusión con respecto a la información de la «buena gente», los lectores que previsiblemente (o no tan previsiblemente) consumirí­an aquellos libros invisibles. Insistí­a en que participara en el mayor número posible de premios, aunque sugerí­a que como medida de precaución les cambiara el tí­tulo a los cuentos si con uno solo, por ejemplo, acudí­a a tres concursos cuyos fallos coincidí­an por las mismas fechas. Exponí­a como ejemplo de esto su relato Al amanecer, relato que yo no conocí­a, y que él habí­a enviado a varios certámenes literarios casi de manera experimental, como el conejillo de Indias destinado a probar los efectos de una vacuna desconocida. En el primer concurso, el mejor pagado, Al amanecer fue como Al amanecer, en el segundo concurso se presentó como Los gauchos, en el tercer concurso su tí­tulo era En la otra pampa, y en el último se llamaba Sin remordimientos. Ganó en el segundo y en el último, y con la plata obtenida en ambos premios pudo pagar un mes y medio de alquiler, en Madrid los precios estaban por las nubes. Por supuesto, nadie se enteró de que Los gauchos y Sin remordimientos eran el mismo cuento con el tí­tulo cambiado, aunque siempre existí­a el riesgo de coincidir en más de una liza con un mismo jurado, oficio singular que en España ejercí­an de forma contumaz una pléyade de escritores y poetas menores o autores laureados en anteriores fiestas. El mundo de la literatura es terrible, además de ridí­culo, decí­a. Y añadí­a que ni siquiera el repetido encuentro con un mismo jurado constituí­a de hecho un peligro, pues éstos generalmente no leí­an las obras presentadas o las leí­an por encima o las leí­an a medias. Y a mayor abundamiento, decí­a, quién sabe si Los gauchos y Sin remordimientos no sean dos relatos distintos cuya singularidad resida precisamente en el tí­tulo. Parecidos, incluso muy parecidos, pero distintos. La carta concluí­a enfatizando que lo ideal serí­a hacer otra cosa, por ejemplo vivir y escribir en Buenos Aires, sobre el particular pocas dudas tení­a, pero que la realidad era la realidad, y uno tení­a que ganarse los porotos (no sé si en Argentina llaman porotos a las judí­as, en Chile sí­) y que por ahora la salida era ésa. Es como pasear por la geografí­a española, decí­a. Voy a cumplir sesenta años, pero me siento como si tuviera veinticinco, afirmaba al final de la carta o tal vez en la posdata. Al principio me pareció una declaración muy triste, pero cuando la leí­ por segunda o tercera vez comprendí­ que era como si me dijera: ¿cuántos años tenés vos, pibe? Mi respuesta, lo recuerdo, fue inmediata. Le dije que tení­a veintiocho, tres más que él. Aquella mañana fue como si recuperara si no la felicidad, sí­ la energí­a, una energí­a que se parecí­a mucho al humor, un humor que se parecí­a mucho a la memoria.
No me dediqué, como me sugerí­a Sensini, a los concursos de cuentos, aunque sí­ participé en los últimos que entre él y yo habí­amos descubierto. No gané en ninguno, Sensini volvió a hacer doblete en Don Benito y en Écija, con un relato que originalmente se titulaba Los sables y que en Écija se llamó Dos espadas y en Don Benito El tajo más profundo. Y ganó un accésit en el premio de los ferrocarriles, lo que le proporcionó no sólo dinero sino también un billete franco para viajar durante un año por la red de la Renfe.
Con el tiempo fui sabiendo más cosas de él. Viví­a en un piso de Madrid con su mujer y su única hija, de diecisiete años, llamada Miranda. Otro hijo, de su primer matrimonio, andaba perdido por Latinoamérica o eso querí­a creer. Se llamaba Gregorio, tení­a treintaicinco años, era periodista. A veces Sensini me contaba de sus diligencias en organismos humanitarios o vinculados a los departamentos de derechos humanos de la Unión Europea para averiguar el paradero de Gregorio. En esas ocasiones las cartas solí­an ser pesadas, monótonas, como si mediante la descripción del laberinto burocrático Sensini exorcizara a sus propios fantasmas. Dejé de vivir con Gregorio, me dijo en una ocasión, cuando el pibe tení­a cinco años. No añadí­a nada más, pero yo vi a Gregorio de cinco años y vi a Sensini escribiendo en la redacción de un periódico y todo era irremediable. También me pregunté por el nombre y no sé por qué llegué a la conclusión de que habí­a sido una suerte de homenaje inconsciente a Gregorio Samsa. Esto último, por supuesto, nunca se lo dije. Cuando hablaba de Miranda, por el contrario, Sensini se poní­a alegre, Miranda era joven, tení­a ganas de comerse el mundo, una curiosidad insaciable, y además, decí­a, era linda y buena. Se parece a Gregorio, decí­a, sólo que Miranda es mujer (obviamente) y no tuvo que pasar por lo que pasó mi hijo mayor.
Poco a poco las cartas de Sensini se fueron haciendo más largas. Viví­a en un barrio desangelado de Madrid, en un piso de dos habitaciones más sala comedor, cocina y baño. Saber que yo disponí­a de más espacio que él me pareció sorprendente y después injusto. Sensini escribí­a en el comedor, de noche, «cuando la señora y la nena ya están dormidas», y abusaba del tabaco. Sus ingresos provení­an de unos vagos trabajos editoriales (creo que corregí­a traducciones) y de los cuentos que salí­an a pelear a provincias. De vez en cuando le llegaba algún cheque por alguno de sus numerosos libros publicados, pero la mayorí­a de las editoriales se hací­an las olvidadizas o habí­an quebrado. El único que seguí­a produciendo dinero era ligarte, cuyos derechos tení­a una editorial de Barcelona. Viví­a, no tardé en comprenderlo, en la pobreza, no una pobreza absoluta sino una de clase media baja, de clase media desafortunada y decente. Su mujer (que ostentaba el curioso nombre de Carmela Zajdman) trabajaba ocasionalmente en labores editoriales y dando clases particulares de inglés, francés y hebreo, aunque en más de una ocasión se habí­a visto abocada a realizar faenas de limpieza. La hija sólo se dedicaba a los estudios y su ingreso en la universidad era inminente. En una de mis cartas le pregunté a Sensini si Miranda también se iba a dedicar a la literatura. En su respuesta decí­a: no, por Dios, la nena estudiará medicina.
Una noche le escribí­ pidiéndole una foto de su familia. Sólo después de dejar la carta en el correo me di cuenta de que lo que querí­a era conocer a Miranda. Una semana después me llegó una fotografí­a tomada seguramente en el Retiro en donde se veí­a a un viejo y a una mujer de mediana edad junto a una adolescente de pelo liso, delgada y alta, con los pechos muy grandes. El viejo sonreí­a feliz, la mujer de mediana edad miraba el rostro de su hija, como si le dijera algo, y Miranda contemplaba al fotógrafo con una seriedad que me resultó conmovedora e inquietante. Junto a la foto me envió la fotocopia de otra foto. En ésta aparecí­a un tipo más o menos de mi edad, de rasgos acentuados, los labios muy delgados, los pómulos pronunciados, la frente amplia, sin duda un tipo alto y fuerte que miraba a la cámara (era una foto de estudio) con seguridad y acaso con algo de impaciencia. Era Gregorio Sensini, antes de desaparecer, a los veintidós años, es decir bastante más joven de lo que yo era entonces, pero con un aire de madurez que lo hací­a parecer mayor.
Durante mucho tiempo la foto y la fotocopia estuvieron en mi mesa de trabajo. A veces me pasaba mucho rato contemplándolas, otras veces me las llevaba al dormitorio y las miraba hasta caerme dormido. En su carta Sensini me habí­a pedido que yo también les enviara una foto mí­a. No tení­a ninguna reciente y decidí­ hacerme una en el fotomatón de la estación, en esos años el único fotomatón de toda Girona. Pero las fotos que me hice no me gustaron. Me encontraba feo, flaco, con el pelo mal cortado. Así­ que cada dí­a iba postergando el enví­o de mi foto y cada dí­a iba gastando más dinero en el fotomatón. Finalmente cogí­ una al azar, la metí­ en un sobre junto con una postal y se la envié. La respuesta tardó en llegar. En el í­nterin recuerdo que escribí­ un poema muy largo, muy malo, lleno de voces y de rostros que parecí­an distintos pero que sólo eran uno, el rostro de Miranda Sensini, y que cuando yo por fin podí­a reconocerlo, nombrarlo, decirle Miranda, soy yo, el amigo epistolar de tu padre, ella se daba media vuelta y echaba a correr en busca de su hermano, Gregorio Samsa, en busca de los ojos de Gregorio Samsa que brillaban al fondo de un corredor en tinieblas donde se moví­an imperceptiblemente los bultos oscuros del terror latinoamericano.
La respuesta fue larga y cordial. Decí­a que Carmela y él me encontraron muy simpático, tal como me imaginaban, un poco flaco, tal vez, pero con buena pinta y que también les habí­a gustado la postal de la catedral de Girona que esperaban ver personalmente dentro de poco, apenas se hallaran más desahogados de algunas contingencias económicas y domésticas. En la carta se daba por entendido que no sólo pasarí­an a verme sino que se alojarí­an en mi casa. De paso me ofrecí­an la suya para cuando yo quisiera ir a Madrid. La casa es pobre, pero tampoco es limpia, decí­a Sensini imitando a un famoso gaucho de tira cómica que fue muy famoso en el Cono Sur a principios de los setenta. De sus tareas literarias no decí­a nada. Tampoco hablaba de los concursos.
Al principio pensé en mandarle a Miranda mi poema, pero después de muchas dudas y vacilaciones decidí­ no hacerlo. Me estoy volviendo loco, pensé, si le mando esto a Miranda se acabaron las cartas de Sensini y además con toda la razón del mundo. Así­ que no se lo mandé. Durante un tiempo me dediqué a rastrearle bases de concursos. En una carta Sensini me decí­a que temí­a que la cuerda se le estuviera acabando. Interpreté sus palabras erróneamente, en el sentido de que ya no tení­a suficientes certámenes literarios adonde enviar sus relatos.
Insistí­ en que viajaran a Girona. Les dije que Carmela y él tení­an mi casa a su disposición, incluso durante unos dí­as me obligué a limpiar, barrer, fregar y sacarle el polvo a las habitaciones en la seguridad (totalmente infundada) de que ellos y Miranda estaban al caer. Argí¼í­ que con el billete abierto de la Renfe en realidad sólo tendrí­an que comprar dos pasajes, uno para Carmela y otro para Miranda, y que Cataluña tení­a cosas maravillosas que ofrecer al viajero. Hablé de Barcelona, de Olot, de la Costa Brava, de los dí­as felices que sin duda pasarí­amos juntos. En una larga carta de respuesta, en donde me daba las gracias por mi invitación, Sensini me informaba que por ahora no podí­an moverse de Madrid. La carta, por primera vez, era confusa, aunque a eso de la mitad se poní­a a hablar de los premios (creo que se habí­a ganado otro) y me daba ánimos para no desfallecer y seguir participando. En esta parte de la carta hablaba también del oficio de escritor, de la profesión, y yo tuve la impresión de que las palabras que vertí­a eran en parte para mí­ y en parte un recordatorio que se hací­a a sí­ mismo. El resto, como ya digo, era confuso. Al terminar de leer tuve la impresión de que alguien de su familia no estaba bien de salud.
Dos o tres meses después me llegó la noticia de que probablemente habí­an encontrado el cadáver de Gregorio en un cementerio clandestino. En su carta Sensini era parco en expresiones de dolor, sólo me decí­a que tal dí­a, a tal hora, un grupo de forenses, miembros de organizaciones de derechos humanos, una fosa común con más de cincuenta cadáveres de jóvenes, etc. Por primera vez no tuve ganas de escribirle. Me hubiera gustado llamarlo por teléfono, pero creo que nunca tuvo teléfono y si lo tuvo yo ignoraba su número. Mi contestación fue escueta. Le dije que lo sentí­a, aventuré la posibilidad de que tal vez el cadáver de Gregorio no fuera el cadáver de Gregorio.
Luego llegó el verano y me puse a trabajar en un hotel de la costa. En Madrid ese verano fue pródigo en conferencias, cursos, actividades culturales de toda í­ndole, pero en ninguna de ellas participó Sensini y si participó en alguna el periódico que yo leí­a no lo reseñó.
A finales de agosto le envié una tarjeta. Le decí­a que posiblemente cuando acabara la temporada fuera a hacerle una visita. Nada más. Cuando volví­ a Girona, a mediados de septiembre, entre la poca correspondencia acumulada bajo la puerta encontré una carta de Sensini con fecha 7 de agosto. Era una carta de despedida. Decí­a que volví­a a la Argentina, que con la democracia ya nadie le iba a hacer nada y que por tanto era ocioso permanecer más tiempo fuera. Además, si querí­a saber a ciencia cierta el destino final de Gregorio no habí­a más remedio que volver. Carmela, por supuesto, regresa conmigo, anunciaba, pero Miranda se queda. Le escribí­ de inmediato, a la única dirección que tení­a, pero no recibí­ respuesta.
Poco a poco me fui haciendo a la idea de que Sensini habí­a vuelto para siempre a la Argentina y que si no me escribí­a él desde allí­ ya podí­a dar por acabada nuestra relación epistolar. Durante mucho tiempo estuve esperando su carta o eso creo ahora, al recordarlo. La carta de Sensini, por supuesto, no llegó nunca. La vida en Buenos Aires, me consolé, debí­a de ser rápida, explosiva, sin tiempo para nada, sólo para respirar y parpadear. Volví­ a escribirle a la dirección que tení­a de Madrid, con la esperanza de que le hicieran llegar la carta a Miranda, pero al cabo de un mes el correo me la devolvió por ausencia del destinatario. Así­ que desistí­ y dejé que pasaran los dí­as y fui olvidando a Sensini, aunque cuando iba a Barcelona, muy de tanto en tanto, a veces me metí­a tardes enteras en librerí­as de viejo y buscaba sus libros, los libros que yo conocí­a de nombre y que nunca iba a leer. Pero en las librerí­as sólo encontré viejos ejemplares de Ugarte y de su libro de cuentos publicado en Barcelona y cuya editorial habí­a hecho suspensión de pagos, casi como una señal dirigida a Sensini, dirigida a mí­.
Uno o dos años después supe que habí­a muerto. No sé en qué periódico leí­ la noticia. Tal vez no la leí­ en ninguna parte, tal vez me la contaron, pero no recuerdo haber hablado por aquellas fechas con gente que lo conociera, por lo que probablemente debo de haber leí­do en alguna parte la noticia de su muerte. Ésta era escueta: el escritor argentino Luis Antonio Sensini, exiliado durante algunos años en España, habí­a muerto en Buenos Aires. Creo que también, al final, mencionaban Ugarte. No sé por qué, la noticia no me impresionó. No sé por qué, el que Sensini volviera a Buenos Aires a morir me pareció lógico.
Tiempo después, cuando la foto de Sensini, Carmela y Miranda y la fotocopia de la foto de Gregorio reposaban junto con mis demás recuerdos en una caja de cartón que por algún motivo que prefiero no indagar aún no he quemado, llamaron a la puerta de mi casa. Debí­an de ser las doce de la noche, pero yo estaba despierto. La llamada, sin embargo, me sobresaltó. Ninguna de las pocas personas que conocí­a en Girona hubieran ido a mi casa a no ser que ocurriera algo fuera de lo normal. Al abrir me encontré a una mujer de pelo largo debajo de un gran abrigo negro. Era Miranda Sensini, aunque los años transcurridos desde que su padre me envió la foto no habí­an pasado en vano. Junto a ella estaba un tipo rubio, alto, de pelo largo y nariz ganchuda. Soy Miranda Sensini, me dijo con una sonrisa. Ya lo sé, dije yo y los invité a pasar. Iban de viaje a Italia y luego pensaban cruzar el Adriático rumbo a Grecia. Como no tení­an mucho dinero viajaban haciendo autostop. Aquella noche durmieron en mi casa. Les hice algo de cenar. El tipo se llamaba Sebastián Cohen y también habí­a nacido en Argentina, pero desde muy joven viví­a en Madrid. Me ayudó a preparar la cena mientras Miranda inspeccionaba la casa. ¿Hace mucho que la conoces?, preguntó. Hasta hace un momento sólo la habí­a visto en foto, le contesté.
Después de cenar les preparé una habitación y les dije que se podí­an ir a la cama cuando quisieran. Yo también pensé en meterme a mi cuarto y dormirme, pero comprendí­ que aquello iba a resultar difí­cil, si no imposible, así­ que cuando supuse que ya estaban dormidos bajé a la primera planta y puse la tele, con el volumen muy bajo, y me puse a pensar en Sensini.
Poco después sentí­ pasos en la escalera. Era Miranda. Ella tampoco podí­a quedarse dormida. Se sentó a mi lado y me pidió un cigarrillo. Al principio hablamos de su viaje, de Girona (llevaban todo el dí­a en la ciudad, no le pregunté por qué habí­an llegado tan tarde a mi casa), de las ciudades que pensaban visitar en Italia. Después hablamos de su padre y de su hermano. Según Miranda, Sensini nunca se repuso de la muerte de Gregorio. Volvió para buscarlo, aunque todos sabí­amos que estaba muerto. ¿Carmela también?, pregunté. Todos, dijo Miranda, menos él. Le pregunté cómo le habí­a ido en Argentina. Igual que aquí­, dijo Miranda, igual que en Madrid, igual que en todas partes. Pero en Argentina lo querí­an, dije yo. Igual que aquí­, dijo Miranda. Saqué una botella de coñac de la cocina y le ofrecí­ un trago. Estás llorando, dijo Miranda. Cuando la miré ella desvió la mirada. ¿Estabas escribiendo?, dijo. No, miraba la tele. Quiero decir cuando Sebastián y yo llegamos, dijo Miranda, ¿estabas escribiendo? Sí­, dije. ¿Relatos? No, poemas. Ah, dijo Miranda. Bebimos largo rato en silencio, contemplando las imágenes en blanco y negro del televisor. Dime una cosa, le dije, ¿por qué le puso tu padre Gregorio a Gregorio? Por Kafka, claro, dijo Miranda. ¿Por Gregorio Samsa? Claro, dijo Miranda. Ya, me lo suponí­a, dije yo. Después Miranda me contó a grandes trazos los últimos meses de Sensini en Buenos Aires.
Se habí­a marchado de Madrid ya enfermo y contra la opinión de varios médicos argentinos que lo trataban gratis y que incluso le habí­an conseguido un par de internamientos en hospitales de la Seguridad Social. El reencuentro con Buenos Aires fue doloroso y feliz. Desde la primera semana se puso a hacer gestiones para averiguar el paradero de Gregorio. Quiso volver a la universidad, pero entre trámites burocráticos y envidias y rencores de los que no faltan el acceso le fue vedado y se tuvo que conformar con hacer traducciones para un par de editoriales. Carmela, por el contrario, consiguió trabajo como profesora y durante los últimos tiempos vivieron exclusivamente de lo que ella ganaba. Cada semana Sensini le escribí­a a Miranda. Según ésta, su padre se daba cuenta de que le quedaba poca vida e incluso en ocasiones parecí­a ansioso de apurar de una vez por todas las últimas reservas y enfrentarse a la muerte. En lo que respecta a Gregorio, ninguna noticia fue concluyente. Según algunos forenses, su cuerpo podí­a estar entre el montón de huesos exhumados de aquel cementerio clandestino, pero para mayor seguridad debí­a hacerse una prueba de ADN, pero el gobierno no tení­a fondos o no tení­a ganas de que se hiciera la prueba y ésta se iba cada dí­a retrasando un Poco más. También se dedicó a buscar a una chica, una probable compañera que Goyo posiblemente tuvo en la clandestinidad, pero la chica tampoco apareció. Luego su salud se agravó y tuvo que ser hospitalizado. Ya ni siquiera escribí­a, dijo Miranda. Para él era muy importante escribir cada dí­a, en cualquier condición. Sí­, le dije, creo que así­ era. Después le pregunté si en Buenos Aires alcanzó a participar en algún concurso. Miranda me miró y se sonrió. Claro, tú eras el que participaba en los concursos con él, a ti te conoció en un concurso. Pensé que tení­a mi dirección por la simple razón de que tení­a todas las direcciones de su padre, pero que sólo en ese momento me habí­a reconocido. Yo soy el de los concursos, dije. Miranda se sirvió más coñac y dijo que durante un año su padre habí­a hablado bastante de mí­. Noté que me miraba de otra manera. Debí­ importunarlo bastante, dije. Qué va, dijo ella, de importunarlo nada, le encantaban tus cartas, siempre nos las leí­a a mi madre y a mí­. Espero que fueran divertidas, dije sin demasiada convicción. Eran divertidí­simas, dijo Miranda, mi madre incluso hasta os puso un nombre. ¿Un nombre?, ¿a quiénes? A mi padre y a ti, os llamaba los pistoleros o los cazarrecompensas, ya no me acuerdo, algo así­, los cazadores de cabelleras. Me imagino por qué, dije, aunque creo que el verdadero cazarrecompensas era tu padre, yo sólo le pasaba uno que otro dato. Sí­, él era un profesional, dijo Miranda de pronto seria. ¿Cuántos premios llegó a ganar?, le pregunté. Unos quince, dijo ella con aire ausente. ¿Y tú? Yo por el momento sólo uno, dije. Un accésit en Alcoy, por el que conocí­ a tu padre. ¿Sabes que Borges le escribió una vez una carta, a Madrid, en donde le ponderaba uno de sus cuentos?, dijo ella mirando su coñac. No, no lo sabí­a, dije yo. Y Cortázar también escribió sobre él, y también Mujica Lainez. Es que él era un escritor muy bueno, dije yo. Joder, dijo Miranda y se levantó y salió al patio, como si yo hubiera dicho algo que la hubiera ofendido. Dejé pasar unos segundos, cogí­ la botella de coñac y la seguí­. Miranda estaba acodada en la barda mirando las luces de Girona. Tienes una buena vista desde aquí­, me dijo. Le llené su vaso, me llené el mí­o, y nos quedamos durante un rato mirando la ciudad iluminada por la luna. De pronto me di cuenta de que ya estábamos en paz, que por alguna razón misteriosa habí­amos llegado juntos a estar en paz y que de ahí­ en adelante las cosas imperceptiblemente comenzarí­an a cambiar. Como si el mundo, de verdad, se moviera. Le pregunté qué edad tení­a. Veintidós, dijo. Entonces yo debo tener más de treinta, dije, y hasta mi voz sonó extraña.

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