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domingo, enero 25, 2026

La izquierda necesita una dosis de autocrí­tica, de reconocimiento de un fracaso, sostiene el antropólogo y escritor, Enrique Pérez Arias

cuadro izquierdo1La izquierda necesita una dosis de autocrí­tica, de reconocimiento de un fracaso, sostiene el antropólogo y escritor, Enrique Pérez Arias

 Enrique Pérez Arias es antropólogo y escritor. Este artí­culo está basado en su libro de próxima publicación «La derrota estratégica de la izquierda chilena en 1973», editorial Santa Inés.

En el arribo a los 50 años del golpe militar en Chile, se ha producido una discusión en algunos miembros de la élite polí­tica, intelectual y académica en Chile sobre la trascendencia del gobierno de la Unidad Popular dirigido por el Presidente Salvador Allende y su derrocamiento por las fuerzas armadas de Chile.

Esta discusión tiene variados remitentes: una es si su fracaso fue por sus propios errores, planteamiento de sectores de derecha, o por el boicot, el sabotaje y la conspiración de las fuerzas derechista y de la democracia cristiana que apoyados por el gobierno de los EE.UU. conspiraron desde el primer para no permitir las realizaciones del gobierno UP, planteamiento preferido por algunas fuerzas de izquierda. Vale decir si fue un fracaso o una derrota.

El programa de la UP era un programa revolucionario que en pocos meses implemento las 40 medidas básicas y que nacionalizo y estatizo las grandes empresas del cobre, el carbón, el petróleo, la banca, profundizo la reforma agraria y genero un área de propiedad social con 146 empresas, fundamental para poder hacer una redistribución de la riqueza. Estas medidas generaron un apoyo al gobierno que se tradujo en las elecciones municipales de marzo de 1971 donde los partidos de la UP alcanzaron un poco más del 50 % de los votos. El Partido Socialista con un 22, 8% y Comunista con un 17, 36 % lograron cifras históricas de apoyo.

A pesar de esto, el gobierno de Allende fue un fracaso de la ví­a institucional al socialismo y de los partidos agrupados en la coalición de la UP, puesto que la defensa de las conquistas alcanzadas por los trabajadores descansaba en la supuesta lealtad que las Fuerzas Armadas tení­an con la Constitución del paí­s. Ese era el talón de Aquiles de todo el proyecto. Por lo tanto, fue también una derrota militar. Paradojalmente los grandes partidos obreros y de trabajadores no comprendieron cabalmente las consecuencias que la aplicación del programa de gobierno iba a generar en las fuerzas golpistas. Hasta el último momento Allende y sobre todo el Partido Comunista se jugaron por un entendimiento con la Democracia Cristiana que ya estaba embarcada en la aventura golpista.

¿Era inevitable la derrota del proyecto socialista de la izquierda chilena en septiembre de 1973? No. Hubo tres momentos en que la historia pudo haberse escrito de otra manera. En marzo de 1971 cuando la Unidad Popular obtuvo poco más del 50 % de los votos, era un momento propicio para avanzar convocando a una asamblea constituyente para cambiar la constitución del paí­s. El segundo momento fue luego del paro patronal de octubre de 1972. Los golpistas fracasaron entonces en sus intentos de derrocar al gobierno. Los trabajadores pasaron a la ofensiva, pero el gobierno y la Unidad Popular no se decidieron a constituir órganos de poder popular territorial. El tercer momento fue luego de la fracasada intentona golpista en junio de 1973. Los nacientes comandos comunales, los cordones industriales, las coordinaciones territoriales llamaron a la movilización y se tomaron los territorios, pero sin un plan de defensa militar era imposible tomar la iniciativa estratégica.  De junio a septiembre de 1973 el gobierno y la izquierda están a la defensiva. Es llamativo que la izquierda, con toda la experiencia histórica acumulada, no tuviera un plan alternativo de defensa de las conquistas alcanzadas por los trabajadores y no hubieran sido capaces de cambiar sus análisis iniciales. La izquierda institucional y la insurreccional quedaron encerradas en sus propios laberintos. Salvador Allende asume consecuentemente la derrota de su proyecto polí­tico y muere en la sede de gobierno.

Las imágenes de Allende en la sede de gobierno de la Moneda ese dí­a son históricas. Su última alocución es su testamento polí­tico. La da por teléfono directamente al aire a radio Magallanes. Muchos analistas han destacado el aplomo, la capacidad de analizar la situación en esas terribles condiciones y circunstancias, su responsabilidad histórica, su gallardí­a controlada, su honor. La defensa de valores medievales caballerescos al acusar a los generales rastreros, al denunciar la traición. También al proteger a sus más cercanos, el convencer a las mujeres y sus allegados que abandonen la Moneda en medio del horror, la muerte, la desesperanza. Ese Allende es el fantasma que recorre a la derecha y de la cual no se pueden desembarazar de su imagen. Les molesta la consecuencia llevada hasta las últimas consecuencias. Esa misma imagen es la que alienta no solo a la izquierda chilena también a la mundial .

Allende nunca pensó en renunciar. Tampoco en abandonar la sede de gobierno. Fue un constitucionalista que hasta el último momento confió en que la crisis polí­tica podí­a resolverse por la ví­a institucional. Fue consecuente con su mandato polí­tico. Hijo de su época, como lí­der polí­tico fue paternalista con el pueblo y con su muerte lo dejó inerme. Una y otra vez, frente a cada triunfo o derrota, frente a cada desafí­o de la reacción golpista llamó a la calma. A que se cuidaran, a que se refugiaran en sus familias. Nunca confió en que la fuerza del pueblo de izquierda organizado serí­a capaz de defender el proceso revolucionario. Se esforzó para que los trabajadores organizados y los generales de las fuerzas armadas se complementaran para proteger la democracia.

Allende no era un teórico de la revolución. Era un dirigente polí­tico con una larga experiencia de compromiso con los más desposeí­dos. Era un humanista laico. Reformista con un programa revolucionario de cambios estructurales.

Evidentemente el programa de gobierno de la Unidad Popular provocarí­a una reacción que Allende, ni los partidos de la Unidad Popular, ni el conjunto de la izquierda chilena, comprenderí­an cabalmente su profundidad. Y los intentos de provocar cambios estructurales por la ví­a electoral y pací­fica era también el mayor peligro para el gobierno de los EE.UU. Si la «ví­a chilena al socialismo» triunfaba se abrirí­an enormes posibilidades para el conjunto de la izquierda en los paí­ses occidentales de iniciar coaliciones polí­ticas y proponer cambios similares. Un nuevo paradigma de tránsito pacifico al socialismo. El gobierno norteamericano encabezado por Richard Nixon, no podí­a permitir que esa posibilidad se reprodujera. Habí­a que detenerla. De allí­ el boicot a la economí­a, el financiamiento de la CIA a la organización Patria y Libertad, el apoyo económico a toda la oposición en contra del gobierno, el apoyo económico al paro patronal de octubre de 1972. La planificación del golpe militar. Esa dimensión internacional del proyecto de la Unidad Popular probablemente tampoco fue entendida a cabalidad en su momento por sus partidarios.

Allende, todaví­a imbuido de una tradición marxista, en su último discurso declara solemnemente: «Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos». Claro que los procesos sociales se pueden detener. No sólo por la fuerza de la reacción también por la incapacidad o la debilidad de los que promueven cambios sociales radicales. No solo él estaba equivocado, también el conjunto de la izquierda marxista leninista tributarios de las revoluciones socialistas.

Las últimas palabras de Allende reflejan su soledad. No se dirige a los partidos polí­ticos de la Unidad Popular. Tampoco a sus dirigentes ni a sus militantes. Está decepcionado de que la izquierda no estuviera unida tras su liderazgo. Está particularmente desencantado de su propio partido socialista.

Allende sigue siendo optimista a pesar de que está derrotado. Quiere insuflar energí­a futura al declarar «que la historia es nuestra y la hacen los pueblos». Los lí­deres revolucionarios se destacan por esa convicción de que la historia les pertenece. Allende defendiendo la democracia entra en el panteón de esos héroes derrotados.

En la última parte de su llamado insiste en esta idea al declarar que «Superarán otros hombres este momento gris y amargo…, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor». Apela a la historia. Está, convencido que habrá nuevos intentos para superar la derrota. De que su sacrifico no será en vano. Abre una interrogante al señalar que «superarán otros hombres» la derrota. No su generación. Puesto que su gobierno fue la culminación de un proceso histórico que se inició en la década de los años 30. Abierta al futuro es probable que estuviera pensando en una nueva generación que no hubiera sido parte polí­ticamente del proceso que él vivió. Y una frase poética aventura un futuro de mayor esplendor.

La herencia polí­tica de Allende es contradictoria. Encabezó un proceso revolucionario con la intención de promover el socialismo por la ví­a pací­fica y democrática. Quedó al desnudo, como la mayorí­a de los partidos de la Unidad Popular, confiando en la constitucionalidad de las fuerzas armadas. No pudo impedir el golpe militar, pero, tampoco los que promoví­an la revolución armada fueron capaces de organizar una resistencia militar.

Sus últimas palabras también son dignas de analizar con la perspectiva histórica de los acontecimientos polí­ticos que rodearon el golpe militar. Sobre todo, para sus partidarios, y para los que intentan a partir de una experiencia fracasada levantar un nuevo horizonte de expectativas que sea capaz de superar la izquierda del siglo XX.

¿Con qué memoria nos quedamos aquellos que somos parte de esta historia? Hay diferentes memorias polí­ticas históricas. En algunos casos se recuerdan los hechos heroicos, en otros se victimizan a los derrotados. Los lí­deres que ofrendan su vida en nombre de causas justas ennoblecen su memoria, pero su rol histórico queda a media luz. La memoria histórica corre el riesgo de quedarse inerme en el pasado sin proyectarse al futuro. La única manera de salvarla y proyectarla es desarrollando una conciencia polí­tica crí­tica de esa memoria histórica.

Para esto debemos entender a los protagonistas en su contexto y como seres humanos con sus aciertos y errores. La melancolí­a que el historiador Enzo Traverso nos propone puede servirnos para proponer nuevas ideas motrices de acuerdo con los tiempos presentes: «Más que un régimen o una ideologí­a, el objeto perdido puede ser la lucha por la emancipación como una experiencia histórica que merece recordarse y tenerse en cuenta a pesar de su frágil, precaria y efí­mera duración. Desde este punto de vista, la melancolí­a significa memoria y conciencia de las potencialidades del pasado: una fidelidad a las promesas emancipatorias de la revolución, no a sus consecuencias» (2019, p 76).

Traverso es crí­tico con las experiencias históricas del socialismo. De allí­ que plantee su fidelidad a la emancipación y no a sus consecuencias. Pero, la postulación de Traverso contiene un desafí­o para las experiencias de la izquierda chilena: ¿cómo avanzar hacia el futuro si no nos hacemos también cargo de las consecuencias de los fracasos?

Esto implica además una dosis de autocrí­tica, de reconocimiento de la historia de un fracaso para la izquierda chilena. Traverso lo dice así­ en la introducción de su libro: «Ni regresiva ni impotente, esa melancolí­a de izquierda no deberí­a eludir el peso del pasado. Es una crí­tica melancólica que, a la vez que está abierta a las luchas en el presente, no evita la autocrí­tica respecto de sus propios fracasos pasados» (2019, p 15). Haciendo uso de la autocrí­tica debemos evitar quedarnos solamente con las imágenes heroicas de la historia o por el contrario con las lamentaciones de la derrota. Por este motivo se debe repensar, revisar los acontecimientos históricos de una manera crí­tica.

 

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