Jorge Luis Borges: Lunes 22 de julio de 1985.

0
270

Jorge Luis Borges presenció un juicio oral. Era el año 1985. Fue un juicio contra la junta militar argentina.  Escuchó el testimonio de Ví­ctor Melchor Basterra que narró su martirio a lo largo de cuatro años secuestrado por la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).  Borges escribió un breve artí­culo para la Agencia EFE en el que relató su experiencia ese dí­a: 

He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que habí­a sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oí­r quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor fí­sico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo habí­a entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logí­stica, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No habí­a odio en su voz. Bajo el suplicio, habí­a delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarí­an después y le dirí­an que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas «sesiones» cualquier hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentí­a y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada dí­a. Doscientas personas lo oí­amos, pero sentí­ que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creí­a que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita.

De las muchas cosas que oí­ esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habí­an estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habí­an sido torturados y no ignoraban que los torturarí­an al dí­a siguiente. Apareció el Señor de ese infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de sí­ mismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal.

¿Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del libre albedrí­o. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió:

Somos los anunciados, los previstos, 

Si hay un Dios, si hay un punto Omnisapiente; 

¡Y antes de ser, ya son, en esa Mente, 

Los Judas, los Pilatos y los Cristos!

Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen serí­a fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice.

Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el código civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer.

En Textos Recobrados 1956-1986 (1997)
Primera publicación en Clarí­n, 31 de julio de 1985

Luego en El Paí­s 10 de agosto de 1985
Fotos: Borges en los estrados del Juicio a las Juntas
Audiencia del 22 de julio de 1985
Junto al Fiscal Julio César Strassera